SOLEDAD CON YOGURES
Voy en automático.
Debo limpiar el baño. Ducharme. Hacer las gárgaras de agua con sal.
Antes ordené la habitación.
Debo ir al banco. Pedir un préstamo.
Atravieso kilómetros.
Una cortina de cuerpos.
Su olor.
Consigo mi turno.
Me siento a esperar.
Me toca.
Cruzo la puerta.
Me siento con la carpeta apretada contra el pecho.
Cuando me pide los papeles dejo la bolsa de la compra sobre la mesa. Son yogures. Solo como yogures.
Enseño nóminas. Extractos. Facturas.
Mientras hablo, el banquero observa la pantalla.
El algoritmo calcula, él sonríe.
Me quedo mirando su dentadura perfecta.
Me pregunta por mi estabilidad laboral.
Por los pagos pendientes.
Por mi capacidad de devolución.
Digo que sí a todo.
Miro un café a medias sobre la mesa.
Quiero sonreír para amenizar la espera.
Sé que se asustaría.
El sistema me aplica sus rayos X.
TAE del 12,89 %.
TIM del 12,39 %.
Más gastos de gestión.
Después aparece la palabra: DENEGADO.
Él lo dice. Sus dientes brillan a pesar del disgusto.
Lo siente.
Yo recojo los yogures.
Me levanto sin decir nada.
En la puerta me giro y le regalo la sonrisa que antes me negué.
Él aparta la mirada.