miércoles, 9 de abril de 2014

El señorito


La conoció en el hotel francés.
Amina. Diecisiete años. Muy oscura
su tersa piel. El otrora Señorito
se presentó enfundado en una brillante
aureola de prosperidad infiel.
Fue catedrático,
invirtió en inmuebles y
destina los beneficios
al día a día de sus placeres.
Ella pobre, por supuesto
guapa, lleva el destino amarrado
al cuerpo, sostenido para servir de puente
entre la cartera de algún vil sujeto
y la nevera de sus parientes.

Cómprame un Cordero.
Cómprame un coche.
Cómprame.

Al tal viril de los puertos
que cruza sin remos y paga el respeto
la hombría le crece con el euro
que cuanto más sopla
amortigua los vientos.

En la maleta mentiras.
En el corazón confusión
razones que no comprende
ni la propia razón.
Y qué más da, él cambia el norte
de los sentimientos.
Ser Don le otorga derecho.

Fue Señorito y dice que se hizo solo
dice( )que habla francés
que posee el talento de elegir las manzanas
que saben a miel.

El otrora Señorito, hoy Señor
es hombre sin fe, revolcado en un fango
a cuya vera naufragan los vientres
de las damas sin bienes.

Ácidos efluvios y su mal acento
le sirvió en mala hora a la dulce Amina
en el hotel francés.
Ácidos efluvios, más ácidos tormentos.

Cómprame un cordero.
Cómprame.

Lejos ya del agua, llora Amina.
¡No puedes tenerlo! ¡Eres indigna
de tan grande alcurnia!

Más allá del puerto ya sangra la parca
en el mismo vientre contra el cual
el otrora Señorito, ensañara su ancia

viernes, 7 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero



"E non trovan persona che li miri"

Fue mucho el tiempo que perdí en fantasías infructíferas, electrizándome en vanas vanidades, hasta llegar a donde el ermitaño ulula. Cuando andaba entre lobos, cuando vivía en la Ferocidad, de la que ya no soy testigo. Cruz en los ojos vuelto de espaldas y sin ojos sólo te veo a ti, querida. Recostada en el techo en actitud de no existir, tú me sonríes ¡oh!, querida y derramas sobre mí litros de ácido querida, y desaparezco en una palabra sin valor, que circula por tus venas de mármol, oh querida; y desde allí relumbra como anuncio sin valor, sin valor, no interesas querida, oh querida no interesas tú y tus jardines de acero entre las nubes, no, sentada como estás sobre la nada, fumando, no, no serás percibida.

miércoles, 15 de enero de 2014


Exilio
(a Juan Gelman)

Te vi tan frágil
el dolor incurable de la realidad golpeando tu voz

Tan fuerte te vi
heroico vivir oscilando entre belleza, lucha y pesimismo

Mis lágrimas son océanos, dijiste
Me duele el exilio
me hace daño 
construir la poesía en esta lengua

Qué hacer, preguntaste a tu perro
(a quién si no)
y él te devolvió la pregunta con las orejitas en alto

Fue suficiente, comprendiste
que si el pueblo vive de rodillas
si la honestidad es pisoteada
si te matan porque sí
solo El hambre
tiene derecho a la Poesía

Qué dolor, Juan
Es invierno
por los campos sin flor
descalza
deambula
La belleza


martes, 12 de noviembre de 2013

Dakar, 1960, homenaje a Paul Bowles

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Floto en una nebulosa de la que salgo con dificultad. Sé que he soñado. Miro mi reloj de pulsera.
Minutos después reconozco el cuarto. Recuerdo que del otro lado de la ventana hay aire, tejados, la ciudad, el océano. Imaginar ese más allá, el aire vespertino que conozco tan bien y que disfrutáramos juntos me ayuda a revivir mi sueño, ese que se repite desde el lunes una noche tras otra sin excepción:
Estoy en un lugar, para llegar he atravesado vastas regiones. En el centro de mí reina una tristeza infinita. Sé que desaparecerá en cuanto entre en la casa. Abro, oigo a mi mujer en la habitación taconeando con sus chinelas sobre el suelo de baldosas. Junto a ella me siento tranquilo y soy feliz.
Respiro, saboreo mi sueño, me reconforta. Miro mi reloj de pulsera. El tiempo ha movido sus agujas. Acabo de eludir cinco minutos de realidad gracias al recuerdo de mi sueño. Un sueño que brega contra los minutos tristes de mi reloj.
Pero mi reloj guarda nuevos minutos agazapados y a la espera de abrirse paso e irrumpir en mi mundo para arrebatarme este sueño que me mantiene vivo.
Me siento sin fuerzas ni lucidez para definir mi situación. Permanezco inmóvil, me dejo arrastrar por una de esas somnolencias ligeras, momentáneas, que anteceden a un sueño largo y profundo. Mi descanso, sin embargo, ni es largo ni es profundo. No lo es desde hace días.
Busco en mi reloj una fecha, pero solo obtengo un tictac.
Era lunes cuando empecé a soñar.
Qué difícil, esta alta y estrecha habitación con su cielo raso envigado, los colores neutros de los grandes dibujos anodinos de las paredes, la ventana cerrada con sus vidrios rojos y anaranjados, las chinelas en el suelo, el tictac de mi reloj de pulsera entre cuyas agujas se abre paso un silencio de baldosas que añoran el clackclack de un taconeo, yo sin poder moverme, el crepúsculo amenazando con llegar, y mi mujer colgada de una soga mientras lo único que puedo hacer es seguir tendido como estoy, respirando con lentitud, paralizado en este cuarto sin aire y que huele mal, no a la espera del crepúsculo, sino a la espera de mi propio fin.
De pronto cierro los ojos, dejo de escuchar el tictac de mi reloj, llego a una casa, entro -se trata de un acto reflejo-, me envuelve un silencio que engulle un clackclack.


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lunes, 11 de noviembre de 2013

Sucinta reflexión surgida de la pregunta: ¿Cuál es el tema de Vía revolucionaria de Richard Yates?




Después de leer El bosque petrificado de Robert Sherwood (1926) y analizar los paralelismos entre esta obra de teatro -citada en el primer capítulo de Vía revolucionaria-, y la novela de Yates, compruebo que el tronco argumental es el mismo: pioneros que fracasan, artistas que no dan fruto, mujeres que quieren huir a Francia y mantener a un hombre para que él pueda crear y no ellas, lugares fuera del mundo donde no hay nada que hacer, frustración, suicidio. En resumen, la tan manida era de la ansiedad y del fracaso del sueño americano explicado con profusión de detalles.
De esta forma magistral lo pinta Yates en una de las páginas de la novela:
Connecticut, años cincuenta. El riego automático, el televisor con sus eternos dibujos animados, el cortacésped, las plantas, el centro comercial, la “sana alegría vecinal”… Estados Unidos, “la capital psiquiátrica y psicoanalítica del mundo… la nueva religión, el chupete intelectual y espiritual de todos… Es como si hubiera un tácito acuerdo colectivo de vivir en un estado de autoengaño absoluto. ¡Al cuerno la realidad! Disfrutemos de un montón de bonitas carreteras y de bonitas casas pintadas de blanco y de rosa y de azul cielo; seamos buenos consumidores y que exista una gran uniformidad, y eduquemos a nuestros hijos en un baño de sentimentalismo (papá es un gran hombre porque se gana la vida, y mamá es una gran mujer porque ha aguantado a papá todos estos años) y si la realidad aparece un día y nos mete miedo, todos estaremos muy ocupados y haremos ver que no pasa nada”.
El fracaso de este sueño ya esta planteado en El bosque petrificado: frustración, quejas, deseo de otra cosa. De escapar de allí para ir a Francia. Pero, ¿qué hay de nuevo en la novela de Yates?
Lo nuevo son los hijos no deseados.
En El bosque petrificado ya hay un antecedente, Gabrielle, hija abandonada por una madre francesa (magnífico guiño de Yates. April iría a Francia para huir de la tragedia y allí encontraría lo mismo).
Pero en la novela de Yates los hijos no deseados están por todas partes y los estragos producidos por la relación con sus progenitores alcanzan un grado de sufrimiento y amargura que llevan al psiquiátrico, o a la muerte, aunque se tengan las condiciones materiales para disfrutar de una vida feliz.
Entre los diferentes personajes de la novela los casos de April y de John, el hijo de los Givings, resultan extremos. Es natural que entre ellos surja una complicidad especial marcada por esa lucidez mortífera que rehuyen los otros. April y John leen el reverso de los hechos y van al grano hasta el punto de pasar al acto. Sus puestas en escena son irreversibles: April con un intento de aborto y John con una posición de loco digna de un psiquiátrico. ¿Dadas las circunstancias les queda otra opción en un mundo de seres ocupados donde se hace ver que no pasa nada? Es indiscutible que en esa situación solo puede conmover un gran espectáculo.
John habla hasta la saciedad sobre este tipo de hijos no deseados, saca a relucir una verdad que solo April acepta oir. A Frank le dice: le haces una barriga para no irte a Paris con ella. A April, señalando su vientre con el dedo. Sé una cosa: No quisiera ser ese hijo.
Y así continúa el pobre John, que obviamente sabe de esto por propia experiencia: Le meterán en el cajón de una cómoda y le darán leche agria para mamar… ese niño tendrá menos posibilidades que el perro de un vagabundo.
En la pareja hay una pregunta constante sobre el sentido de la vida, en Frank al menos la hubo en su juventud. Ese sentido tiene que ver con dar fruto, con crear una obra. Ilusión a la que April no renuncia.
Podemos sospechar que la caída en un sinsentido que los desgasta es la razón que la lleva a tomar una decisión tan peligrosa. Ella no quiere más hijos no deseados, ni más trabajos no deseados, ni más vida no deseada, porque por fin ha comprendido que allí esta la raíz de una infelicidad irreparable. El hilo conductor hacia una larga cadena de generaciones vencidas por la frustración, que agonizan en una existencia yerma.
Ya se hablaba de esto en El bosque petrificado, citando al poeta François Villón: "En tu campo la semilla de mi cosecha crecerá. Le he dado un suelo yermo a esa semilla... pero tú le darás fertilidad, la harás crecer y dar fruto."
Dice Alain en la obra de Sherwood antes de morir en los brazos de Gabrielle: "Lo sé, pero debes creer y recordar... porque es mi oportunidad de sobrevivir... Te hablé de ese gran artista que está oculto en mí. Te lo transfiero a ti."
¿Acaso April, con su muerte, no abre esa Vía revolucionaria en Frank, que no volverá a ser el mismo ni como padre ni como hombre? 
De hecho en la escena del parque, cuando ya ha muerta April y Frank queda a cargo de sus hijos, no lo vemos mirarse al espejo como solía hacer, mira un intervalo vacío que se ubica entre él y sus hijos jugando.
Ella rompe con su acto una repetición, al menos en la vida de Frank, que no podrá hacer como propone la cita del comienzo: "...eduquemos a nuestros hijos en un baño de sentimentalismo (papá es un gran hombre porque se gana la vida, y mamá es una gran mujer porque ha aguantado a papá todos estos años)..."
En el comienzo de la novela se anticipa el final: "Estoy llena de vida, y tengo ganas de salir y hacer algo absolutamente loco y maravilloso...” , dice April mientras actúa en El bosque petrificado.
La obra de teatro empieza bien, igual que su relación con Frank (llena de hermosos deseos), pero April, al comprobar que los Laurel Players y Frank, le fallan, se viene abajo.
No en vano las últimas palabras de April, ya terminada la novela, hablan de algo que ha sabido desde siempre: que para hacer algo absolutamente serio, algo de verdad, al final resulta que tienes que hacerlo tú solo.
¿Cuándo aprendió April esto?

Lo aprendió de niña, y lo aprendió de sus grandes maestros: sus propios padres que la abandonaron apenas nacer.
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viernes, 8 de noviembre de 2013

Encuentro en Dakar

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Consultamos el calendario chino: Año 2013, serpiente de agua, favorable. 
Elegimos Dakar: Ubicación cardinal oeste, capacidad para asumir riesgos. Favorable.
¿El día?: 29 de agosto. ¿La hora?: Cinco en punto de la tarde.
Él caminaría hacia la Plaza del Buen Encuentro, superada la esclavitud en el flanco sur.
Yo caminaría desde el norte, dejando atrás a los malditos franceses.
Desde el sur vestido de algodón blanco sobre su piel negra.
Desde el norte, vestida de rojo sobre mi piel blanca.
¿El ritmo?: El de un tambor.
Él lo marcaría con los dedos, es percusionista. Yo, con las caderas.
Caminando. Un paso tras otro, sus dedos marcando el ritmo, mis caderas al compás.
Cuando ames algo procura llegar caminando, habíamos dicho.
tac – tactac – tac – tactac

El cuerpo cae en la música.
El encuentro, en la amistad.

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jueves, 31 de octubre de 2013

El cerrajero

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Que la vida es un cerrajero me quedó claro el día que conocí a la vieja. Un cerrajero implacable, me dije, escuchando una historia que si había sido real, como la vieja decía, hablaba de una puerta de esas que dejan de ser puertas para convertirse en muros de infranqueable hormigón.
El cerrajero no se había portado mal del todo, al principio. De niña la vieja conoció la risa, parece increíble. Conoció la música. Incluso fue subida a un escenario para cantar. Y amó la naturaleza, amó a su padre, que la llamaba: mi pequeña.
Montó a caballo, un caballo sin desbravar, ni montura. Vivió en uno de los lugares más hermosos del mundo. Conoció el dinero en billetes grandes y fue inocente hasta el punto de convertirlo en picadillo para recibir, desde un gran balcón, a la virgen del pueblo.
Todo eso cuenta la vieja desde su cama y parece increíble. En la residencia hay otros viejos, cuarenta y dos. Pero ninguno tiene una historia semejante para contar.
El hecho es que hay algo que queda en el aire. No sé, una parte que no comprendo, porque si bien cuenta mil veces la misma historia, no explica cómo se produjo el cambio. ¿Qué pasó? ¿Cuándo se abrió la puerta de la habitación donde vive ahora y que nada tiene que ver con aquellos paisajes?
Han pasado cuarenta y ocho años, quizás sea eso.
Pero ahí es donde yo veo al cerrajero. Una puerta se cierra y no hay marcha atrás. Se entra a un lugar sin salida y se termina en la cama de una residencia de caridad.
Ninguno está tan solo como ella. Ninguno está tan atado a la cama. Ninguno.
Nadie la visita. Está llena de odio. El desagradecimiento, quizás.
Pero no lo comprendo. Hay un laberinto entre aquella puerta de la infancia y esta de la vejez.
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miércoles, 30 de octubre de 2013

Sobre mí

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Yo sigo al conejo blanco. También lo sigue Neo en Matrix, y Alicia en El país de las maravillas.
La verdad es que hay muchos seguidores del conejo blanco.
El conejo blanco me guía y prueba la seta por mí.
Al verlo yo sé -estoy entrenada, claro- cuál es el lado bueno de la seta y allí hinco el diente. 
A veces mastico hasta hartarme y esos son los días que llamo de lengua hechizada
Parloteo y grabo historias sobre el más allá de la seta. Las recibo invertidas y las enderezo sobre un folio blanco. Chistera de la que sale un nuevo conejo, también blanco. Y vuelta a empezar.
Como veis estoy atrapada en un círculo con dos orejas que me hacen la señal de volver, volvamos.
 
Comento esto para explicar que hoy, aburrida del vuelta y vuelta, tuve una inspiración. Enfrenté el conejo al agua de un estanque -espejo móvil-. Reflejado se mostró sutil. Más parecido a una mariposa que a un conejo.
Tal maravilla me maravilló. Estado que duró lo que duran los parpadeos.

Ahora busco contar historias con parpadeos, incluso guiños. Esas historias se disuelven apenas contadas, claro está, 
pero vuelan.

sábado, 26 de octubre de 2013

cuando cose alas en mis pies (2)

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el hombre me miró con su fuego
en su fuego ardía otro fuego
yo me dejé quemar

como se dejaron quemar mis ancestras

Cenizas

hechas a renacer


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lunes, 21 de octubre de 2013

Esos coches

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Esos coches son todos iguales. De faros que apuñalan la noche, llegan cargados de hombres que tiran abajo las puertas y rompen las cosas, sobre todo los libros. 
Son coches oscuros, con sujetos de misiones oscuras  -lo mismo en África, en Asia, Europa o América-.
Buscan a los poetas. Traidores -los llaman- que alientan con sus metáforas a los cantantes de canciones hermosas.






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sábado, 19 de octubre de 2013

Sobre los que no tenemos una vida buena

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Quien os habla espera cobrar sus derechos de autor para realizar un sueño antiguo, visitar el África subsahariana.
Para hacerlo tendrá disponible el mes de agosto, época de lluvias y calor por aquellas tierras, con lo cual le tocará vivir sumergido en un caldo húmedo.
Este hombre se prepara. Así es como vive.
En el julio sofocante de Madrid decide pasear entre las doce y las dos de la tarde con bufanda de lana y gorra, de lana también. Poco a poco va agregando prendas como se suman minutos en un programa deportivo. Primero los guantes, después los calcetines y las botas de nieve, hasta incorporar un plumas, que considera el punto óptimo y final de su entrenamiento.
El veinte de julio se comprueba capaz de caminar con todo aquello, sin desmayarse y a pleno sol por las calles de Madrid. Para él es una buena señal -se sabe preparado- y solo le queda mantener ese ritmo hasta final de mes, momento en el cual tiene previsto partir, después de cobrar, condición sine qua nom.
Eso no ocurre y este tipo -yo mismo- me veo obligado a viajar más cerca. 
Mi presupuesto se apea en un pueblo de España. Lo más al sur posible.


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Sin derramar una gota de sudor paseo por allí, como hacen los pobres, masticando bocadillos. Me siento a la sombra de una palmera, y me consuelo con Estar.
Poco después algo en mi lengua chirría. ¿Un toque de barbacoa en un bocadillo vegetal? Me arranca de mi extrañeza la imagen alucinada de un coche -improcedente en una zona de peatones-, imagen traída de la mano de algo que flota en el aire desplazando al olor del mar, se trata de un olor a gasolina.
A la vez un alarido tira de mí como aquel deseo de visitar el África, que aún conservo. Quizás porque es gratis, corro, y porque estoy entrenado, llego -sin derramar una gota de sudor-.

Una bola de fuego. Un hombre que ha decidido convertirse en tronco de leña sin esperar al invierno. Yo en camiseta, a pocos pasos, recobro la memoria de eso que llaman calor.
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viernes, 18 de octubre de 2013

Tarde con paisaje

Qué temperatura. Qué colores. Y estas sombrillas. Y la arena. Incluso han puesto una esterilla para reposar.
Es perfecto. Aquí todo es perfecto. Esos hombres haciendo sentadillas.
Pero, si son miles. ¿De dónde salen tantos? Qué barbaridad. Estoy en otro mundo.
Vaya redundancia. Vaya descubrimiento. Entonces no era natural. Esos cuerpos surgen del ejercicio.
Han sido creados adrede, para el placer de mis ojos.

Tanto de inesperado me paraliza.  Llevo horas encadenada a esta esterilla que separa mi existencia de ese cercano más allá: el mar.

Sé valiente, increpa una voz dentro de mi cabeza.
Es que no me atrevo. 
Demasiado visible.

Lo sé, y agrega la voz: Semejante viaje y no lo vas a probar.

Me sobrepongo. Estiro mi metro ochenta. Camino. Atravieso la mirada de tantos ojos como piernas hacen sentadillas. Entro en el agua. ¡No puede ser! Tiene la temperatura de mi cuerpo. Salgo. La arena es del color de mi piel. La misma suavidad.

¿Existe este lugar, o estoy soñando?

Oui, Madame, vous êtes à Dakar -piensa un muchacho, que además lee el pensamiento-.
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