jueves, 10 de marzo de 2016

África y yo


A veces siento ganas de rendirme y alucinar contigo y comer las hojas de los árboles y recorrer descalza toda el África profunda y más; 
más locura que exactitud. 
Otras me refugio en un McBarbari y bebo café a un precio de ganga en un ambiente refrigerado y limpio mientras afuera el mundo se incendia, y sé que todo lo que poseo y como y bebo y se me sirve,  ha sido tocado antes por las manos de los esclavos modernos, 
por las mujeres que han dejado a sus hombres atrás, con el deseo apuntando al techo, para saltar de la cama y precipitarse a vender las caricias de sus manos en este refrigerador.
Y yo, aquí, bebiendo café, en este lugar que no es el mío, y pensando en tu locura irremediable. 
Amor. Amor que no encuentras un camino posible porque corres demasiado rápido, hambriento y en zigzag. Imposible es tu nombre, y Jamás es tu nombre, y Quizás es tu nombre

Quizás si me sentara a esperar...

Pero yo elijo este viaje de tinta y papel en el que reman mis metáforas hacia el país de la huida. Yo floto en una bañera de agua turquesa y caliente que se vacía poco a poco ante los ojos ciegos de los esclavos, y chapoteo en un plato de medusas a rebozar, que atrae a las aves prehistóricas, 
mis amigas. 
Yo, que a veces siento ganas de rendirme y alucinar contigo y comer las hojas de los árboles, soy la única que puede nadar en este mar de medusas sin correr peligro, porque este no es mi lugar y ellas, las aves que viven en el horizonte, saben quién soy, saben que llegaré tarde porque está escrito en las piedras.
Nunca y Siempre son los nombres de mis barcos. Cuatro velas de risas y carcajadas por cada uno de ellos frente a este despropósito de seres aterrados por los huracanes que podrían llegar.

Pero, dime, mujer ¿por qué limpias con tanto ahínco, si viene un huracán? Ella no me escucha. Insiste en aplicar la lejía de su indiferencia sobre el suelo y la silla, y yo sufro por el mástil vacío de su hombre que apuntala el techo henchido de inutilidad. Y pienso en ti, que buscas una nueva forma de esclavitud solitaria.

Mástil que no cesa... Yo
la que quizás se rinda y se ponga a alucinar

porque son hondas como el mar 
estas ganas
y la palabra África es un árbol que percute
mi confesión irremediable sobre la piel del viento
y mi cuerpo, suena con exactitud
en la noche,
a la luz de la luna

Mi cuerpo rendido
que hoy ha empezado 
por comerse todas las hojas de un árbol de mango.